
Teresio Fara nació el 9 de noviembre de 1929 en Alessandría, Italia. Llegó a la Argentina en 1938. Egresó en 1951 de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón” y en 1957 de la Escuela Superior de Bellas Artes “Ernesto de la Cárcova”. Sus maestros habían sido Adolfo De Ferrari, Horacio Butler, Onofrio Pacenza, Roberto Rossi y el escultor Antonio Sibellino, de quien recordaba que “lo quería sacar escultor”. Desde 1960 comenzó a exponer en forma continua realizando más de sesenta muestras individuales en prestigiosas galerías del país y del exterior. Participó en salones nacionales, provinciales y municipales. En 1966 fue becado por el Instituto de Cultura Hispánica presentando sus obras en las ciudades de Madrid y Granada. Fue miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes. Ejerció la actividad docente como profesor de pintura en las escuelas de arte “Prilidiano Pueyrredón y “Ernesto de la Cárcova”. Poseen obra suyos importantes museos del país junto a las principales colecciones particulares nacionales y extranjeras. Falleció en Buenos Aires el 10 de mayo de 1986. Entre los principales premios obtenidos figuran Segundo Premio del Salón Nacional y Premio Fundación “María Calderón de la Barca”, Academia Nacional de Bellas Artes, 1965; Gran Premio de Honor del Salón Nacional, 1974.
Fara fue un pintor activo desde el año 1951 hasta la fecha de su muerte en 1986, por lo tanto a lo largo de cuatro décadas fue parte y testigo de profundos y ricos cambios dentro de la pintura argentina, en especial durante los sesenta y setenta a partir de la eclosión de tendencias de carácter vanguardista y experimentales, incluyendo también la famosa “muerte de la pintura”. El crítico Osiris Chierico describió claramente la situación que se vivía en aquellos años: “Cuando se habla de la importancia actual del movimiento plástico argentino las referencias se circunscriben a la capacidad de investigación, a las actitudes polémicas, al aggiornamiento de las experiencias, circunstancias sin duda valiosas...Pero paralelamente...se marginan sistemáticamente una serie de importantes aportes, más preocupados por la concreción de la obra que de la búsqueda como fin en sí misma”. Al respecto el propia artista confesaba: “La pintura murió para quien nada tiene que decir y vivirá permanentemente mientras haya hombres que quieran exteriorizar sentimientos de esa forma”.
Fara permaneció fiel a una visión y a una forma de composición a lo largo de toda su producción. Temáticamente se circunscribió a los géneros del “paisaje” y de la “naturaleza muerta”, siendo la figura humana una ausencia notoria en su obra pero que aparecerá enigmáticamente en alguna de ellas. Su estilo fue una figuración de base geométrica de clara influencia cezanniana y cubista donde interesa el juego compositivo de formas facetadas y colores en el espacio bidimensional del plano. El pintor lo definió así: “Como en todas las cosas se dan dos características: lo racional y el sentimiento. En mi obra prima lo primero porque mi propósito es ordenar las cosas de acuerdo a un plano intelectual”
El análisis de su obra puede abordarse a través de décadas ya que cada una de ellas nos introduce en algún cambio. Comenzando en los cincuenta nos encontramos frente a una pintura figurativa, de ejecución rápida y delante del motivo, que nos induce a pensar en una trabajo de mancha donde predomina una visión más de tipo expresionista, no sólo en el tratamiento de las formas, sino también en el uso contrastante del color. Pero ya aparecen los tratamientos que conservará a lo largo de su quehacer como el rebatimiento de los planos, el facetamiento de las formas y la superposición.
Durante las décadas del sesenta y setenta su lenguaje plástico ya está afianzado y maduro. Al trabajo de síntesis compositiva incorpora la materia en forma texturada.
El paisaje pampeano fue otro tema tratado por Fara. En él investiga la posibilidad de una factura que gira hacia una concepción más abstractizante. Su tendencia a tratar las formas y el espacio en planos facetados ayudan a la concreción de la misma.
Los setenta marcan una etapa de búsquedas y aperturas también a otro tipo de lenguaje. En algunos casos se torna más figurativo y tradicional en su planteo espacial. Aparece la perspectiva con su punto de fuga y las superposiciones. Una obra interesante de este período es “Autorretrato”, donde nos presenta una visión creativa del tema, pero lo interesante desde el punto de vista plástico es el tratamiento del fondo como si fuese un impreso o una tela. Esto es repetido en obras posteriores y quizás sea una manera de influencia-homenaje a otro pintor admirado como lo fue Matisse, incluso le dedicó una pintura “A Henry M.”, donde resalta el valor de la materia como lo había hecho el maestro citando al artista francés:”Lo que importa no es tanto preguntarse a dónde se va sino el buscar convivir con la materia. El aporte personal del artista se mide siempre por la manera como él crea su materia”.
Fara manifestaba una necesidad vital de pintar que fue avalada por una intensa y fecunda trayectoria cuyo resultado es una obra rica en cantidad y en planteos estéticos. Practicó también una pintura arraigada en un concepto analítico proveniente de las experiencias de la modernidad que se manifestó en el carácter sintético que la misma poseía. Sin embargo no debemos olvidar la relación que el artista establecía con sus objetos cotidianos, siendo temas de muchas de sus obras. El mismo pintor expresaba que “a pesar de la representación aparente de la realidad, en mi obra hay una distorsión de los elementos que no obedece a las leyes de la perspectiva aérea o atmosférica. Esta actitud me permite volcar una subjetividad tratando de superar el realismo del tema. El ideal es llegar a dominar el lenguaje y someterlo al lirismo de la obra”.
